Ella presente sección del Taller Literario Online de La Indolente vamos a volver a la primera persona utilizando una técnica tan divertida como vistosa: el monólogo interior.

 

El monólogo interior

El monólogo interior es una técnica narrativa que consiste en plasmar en el papel el flujo de conciencia del personaje. Cuando hablamos de flujo de conciencia nos referimos al conjunto de pensamientos, percepciones y sensaciones que, sin otro orden que la arbitrariedad y el caos, sacuden la mente del personaje.

Vamos a leer un ejemplo de monólogo interior que nos va a servir para señalar sus características principales.

 

Porque de tanto vivir en Westminster —¿cuántos años ya? … más de veinte— sientes, aun en medio del tráfico, o al despertar de la noche, Clarissa estaba segurísima, una quietud particular, o mejor cierta solemnidad; una pausa indescriptible; un suspense (aunque eso podía ser del corazón, según decían aquejado de gripe) antes de que el Big Ben diese la hora. ¡Ahora! El reloj tronó. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. ¡Qué locos estamos!, pensó cruzando Victoria Street. Porque sólo Dios sabe por qué nos gusta tanto, por qué lo vemos así, por qué lo inventamos, por qué destruimos esto que nos rodea, y lo destrozamos para volverlo a crear de nuevo; pero si hasta los mismísimos mendigos, los miserables más desarrapados sentados en los portales (beben su destrucción) hacen lo mismo; y eso no lo pueden solucionar las leyes del Parlamento y por una y misma razón: aman a la vida. En los ojos de la gente, en el vaivén, el caminar y la caminata; en el estruendo y el tumulto; en los coches, automóviles, omnibuses, camiones, hombres-anuncio que van y vienen de un lado a otro; en las bandas de música; organillos; en el triunfo; y en el tintineo y en el extraño canto de algún aeroplano que pasaba volando estaba lo que ella amaba: la vida; Londres, en este momento de junio.

 

Virginia Woolf – Mrs. Dalloway

Una de las características definitorias del monólogo interior es la subjetividad. Aunque, como en este fragmento de Mrs. Dalloway, el narrador esté haciendo referencia a estímulos externos (los mendigos, los coches, las calles), todo ello es filtrado por la conciencia del personaje. Estamos viendo lo que el personaje ve y en el orden en que ella lo ve. El mundo exterior, por así decirlo, es absorbido por el alma del personaje. Todo lo que escape de su atención, sencillamente, no debe ser narrado.

Otro rasgo importante del monólogo interior es el desorden. No se trata aquí de estructurar cuidadosamente la narración, sino de dejarla fluir, tal y como hace nuestro pensamiento cuando lo liberamos de estructuras externas. Una descripción puede ser interrumpida bruscamente por un recuerdo que no tiene nada que ver para ser retomada mucho más adelante.

Debéis pararos y observar vuestro propio flujo de conciencia: imaginad que estáis pensando en algo y de pronto os asalta una duda que dejáis sin resolver, retomáis lo anterior y entonces reconocéis un rostro entre la multitud; en ese instante, vuestros pensamientos se concentran en tratar de recordar quién es esa persona, dónde la conocisteis, qué amigos tenéis en común; mientras la observáis con disimulo, os dais cuenta de que vais a llegar tarde al trabajo y, de paso, recordáis todo lo que os dejasteis sin hacer el día antes y adelantáis con pavor la cara de vuestra jefa cuando os vea; aceleráis el paso y os vuelve a asaltar la duda del principio, que de nuevo dejáis sin resolver; miráis al cielo: hace un día precioso, lástima tener que ir a trabajar.

Bueno, pues algo así. Es importante, a la hora de escribir un monólogo interior, que los pensamientos del personaje se hilvanen entre sí de formas caprichosas y desordenadas. Existe una poética en el caos. En este caso, es necesario encontrarla.

Vamos allá con otro ejemplo. Generalmente, la gente no suele relacionar Rayuela con el monólogo interior, pero me da exactamente igual:

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu’en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos.

Julio Cortázar – Rayuela

¿Os ha gustado? Vamos ahora a enumerar ciertas características que se nos han quedado en el tintero y que nos van a servir para escribir nuestro propio monólogo.

  • El personaje puede dirigirse a sí mismo o a otros, pero siempre va a estar solo. En el ejemplo anterior, Cortázar utiliza indistintamente la primera y la segunda persona, el plural o el singular. Pero no se está dirigiendo a otra persona que no sea él mismo. Nuestro personaje ha de ponerse en conexión con su interior. No hay nadie más para escuchar lo que tiene que decir.
  • Un sólo párrafo. En realidad, podemos pasarnos así la novela entera, pero por lo general lo más común es encontrar este tipo de soliloquios en fragmentos determinados. Por su naturaleza, en monólogo interior se presta maravillosamente a ser escrito en un solo párrafo, sin puntos y aparte. Joyce, directamente, quitaba todos los signos de puntuación para enfatizar el carácter atropellado de los pensamientos de Bloom, el protagonista de Ulises. Nosotros no iremos tan lejos por el bien de la salud mental de nuestro querido lector. Pero intentemos, no obstante, que nuestro monólogo se parezca en cierta medida a una ametralladora. Recordad las consideraciones que hemos hecho en relación al ritmo y la necesidad de darle aire al lector con frases largas y reposadas tras una sucesión de frases cortas y directas. Todo lo que vimos sobre la enumeración, se aplica a este ejercicio. 
  • Conflicto en la primera línea. Debéis poner al personaje en conflicto desde el principio. La tensa espera antes de una entrevista de trabajo, la convalecencia tras una enfermedad o el momento de indecisión antes de declararse a alguien, por decir algo, son buenos contextos en los que situar el monólogo. Conviene que el personaje no haga demasiadas cosas. Se trata de ponerlo a pensar.

 

Por último, he decidido rescatar otro monólogo interior de otro poeta de esos alternativos de medio pelo de Internet. Se titula Caras.

 

A veces, cuando contemplo vuestras caras sonrientes, trato de imaginarme por un segundo cómo serán vuestras vidas, los pequeños dramas a la hora del café con tostadas, esas frágiles revelaciones cotidianas cuando estáis sentados en el retrete, el modo en que las olvidáis cuando tiráis de la cadena, el encabezamiento de vuestro curriculum vitae, los esfuerzos -sabe Dios que os esforzáis- por ser proactivos, por integraros en un mundo laboral dinámico y competitivo, vuestro andar resuelto, vuestro caer en el sofá y comer techo, vuestro ritual autodestructivo de las once menos cuarto, vuestros dedos entre canción y canción, intentándolo; vuestros fracasos, vuestras matrículas cum laude, vuestros ojos cerrados cuando sopláis las velitas de cumpleaños, la sutileza que empleáis cuando preguntáis a vuestros allegados si aún conservan el ticket-devolución de esa lámpara de lava, esas obras completas de Antonio Gala, esa sonrisa social, esa estrategia precisa, ese caminar por el mundo sin que se noten demasiado las heridas, que al fin y al cabo la vida es eso, heridas; y nuestra muy privada forma de lamerlas.
Así, así os imagino muchas veces: lamiendo vuestras heridas.
También es cierto que luego me bajo a por un kebab y se me pasa.

El ejercicio

Como ya hemos adelantado, en esta ocasión vamos a escribir un monólogo interior. Os aconsejo que utilicéis, fundamentalmente, la primera persona. Dejaos llevar, pero con una estructura clara en la cabeza. Nada de escribir arbitrariedades. El resultado debe parecer arbitrario, pero controlad lo que estáis escribiendo en todo momento. Decidid, en primer lugar, en qué contexto vais a situar al personaje. Después, escribid lo más bonito que podáis. Os podéis permitir cierta vanguardia. Maldita sea, hagamos algo grande.