En esta sección del Taller Literario vamos a intentar emplear todo lo aprendido hasta el momento en la escritura de un cuento con un tono algo particular: el del realismo mágico.

Como muchos sabréis, el realismo mágico es un movimiento literario que surge en Latinoamérica durante la segunda mitad del s. XX. Hay varias definiciones, pero vamos a quedarnos con una que nos va a ayudar a entender los resortes de este tipo de narración: el realismo mágico representa el interés por mostrar lo irreal y fantástico como algo cotidiano.

Y ahora vamos a leer el siguiente relato de Cortázar:

Correos y telecomunicaciones

Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la sucursal de Correos de la calle Serrano. Duró poco, eso sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y un suelto laudatorio en La Razón. Al tercer día estábamos seguros de nuestra popularidad, pues la gente ya venía de otros barrios a despachar su correspondencia y a hacer giros a Purmamarca y a otros lugares igualmente absurdos. Entonces mi tío el mayor dio piedra libre, y la familia empezó a atender con arreglo a sus principios y predilecciones. En la ventanilla de franqueo, mi hermana la segunda obsequiaba un globo de colores a cada comprador de estampillas. La primera en recibir su globo fue una señora gorda que se quedó como clavada, con el globo en la mano y la estampilla de un peso ya humedecida que se le iba enroscando poco a poco en el dedo. Un joven melenudo se negó de plano a recibir su globo, y mi hermana lo amonestó severamente mientras en la cola de la ventanilla empezaban a suscitarse opiniones encontradas. Al lado, varios provincianos empeñados en girar insensatamente parte de sus salarios a los familiares lejanos, recibían con algún asombro vasitos de grapa y de cuando en cuando una empanada de carne, todo esto a cargo de mi padre que además les recitaba a gritos los mejores consejos del viejo Vizcacha. Entre tanto mis hermanos, a cargo de la ventanilla de encomiendas, las untaban con alquitrán y las metían en un balde lleno de plumas. Luego las presentaban al estupefacto expedidor y le hacían notar con cuánta alegría serían recibidos los paquetes así mejorados. «Sin piolín a la vista», decían. «Sin el lacre tan vulgar, y con el nombre del destinatario que parece que va metido debajo del ala de un cisne, fíjese». No todos se mostraban encantados, hay que ser sincero. Cuando los mirones y la policía invadieron el local, mi madre cerró el acto de la manera más hermosa, haciendo volar sobre el público una multitud de flechitas de colores fabricadas con los formularios de los telegramas, giros y cartas certificadas. Cantamos el himno nacional y nos retiramos en buen orden; vi llorar a una nena que había quedado tercera en la cola de franqueo y sabía que ya era tarde para que le dieran un globo.

 

Este cuento -tan, tan bonito- narra el desempeño de una familia a cargo de una oficina de Correos. Gran parte de la narración da cuenta de acciones bastante extravagantes: regalar globos a los clientes, forrar de plumas los paquetes. invitar a licor a los presentes o remitir giros postales a lugares inexistentes. Es ahí donde reside la fantasía en este cuento. Ahora bien, ¿cómo inserta Cortázar la realidad en el contexto de lo cotidiano?

 

  1. La acción comienza desde el plano de la realidad. O al menos, desde lo medianamente creíble:

Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la sucursal de Correos de la calle Serrano. Duró poco, eso sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y un suelto laudatorio en La Razón.

Dejando a un lado que siempre resulta difícil que un tío llegue a ministro, no parece descabellado pensar que una familia se haga cargo de una oficina de Correos, lo haga extraordinariamente bien durante los dos primeros días y, como consecuencia de ello, reciba la visita de un inspector y una buena crítica en la prensa local..

2. Lo extraño tiene consecuencias que se entienden desde lo cotidiano. En un relato puramente fantástico, las acciones de los personajes que pudieran tener un carácter mágico o irreal, suelen tener consecuencias mágicas. Así, cuando Frodo consigue lanzar el anillo a la Grieta del Destino y destruirlo, la consecuencia es que Sauron desaparece en una nube de maldad. Por el contrario, cuando adoptamos un tono de realismo mágico y hablamos de una familia que hace algo tan irreal como repartir globos de colores mientras despacha el correo, la consecuencia es que un joven melenudo se niega a recibirlo.

O, como cuando en Cien años de soledad muere Aureliano Buendía:

 

 Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la
ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche
sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y
sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las
calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarías con palas y
rastrillos para que pudiera pasar el entierro.

Vale, llueven flores amarillas durante toda la noche. Mágico, precioso y onírico. Pero a la mañana siguiente hay que barrerlas o no se podrá andar por la calle.

3. Lo extraño y mágico está narrado una perspectiva lógica. Por decirlo de alguna manera, el realismo mágico adopta, frente a lo irreal, una perspectiva naturalista. Lo mágico no sólo es nombrado, sino que también es descrito y explicado como si fuese un aspecto más de lo cotidiano.

Este es un fragmento de El camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse de Augusto Monterroso:

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.

Si bien tenemos algo tan extraño como un camaleón que, interesado en la política pero desconcertado acerca de cual a de ser el color que debe adoptar, los animales que habitan con él adoptarán una estrategia perfectamente comprensible y explicable desde la realidad: mirarlo a través de lentes de colores para que su color, al superponerse con el de la lente, siga siendo el mismo.

He encontrado otro cuento de uno de esos escritores fracasados de Internet que, no obstante, nos puede servir también como ejemplo de realismo mágico:

Nada más, absolutamente nada más

No sé si os he contado alguna vez que cada mañana desayuno un sanwis mixto. Y que si algún día me levanto y descubro que no queda pan bimbo, lo paso mal.

Muy, muy mal.

Y bueno, esta mañana el asunto se me ha ido de las manos. Resulta que me he despertado muy pronto para escribir, he puesto la cafetera y, al abrir el armarito de la despensa, el destino me ha jugado un cruel y despiadado revés: sólo quedaba una rebanada de pan bimbo.

Y encima era un culo.

La verdad: he enfurecido inmediatamente. Una tormenta de hambre, resentimiento y neurotransmisores se ha apoderado de mi cerebro y he lanzado el sofá contra la cristalera. Me sentía fuera de mí. Intentaba respirar, reflexionar, seguir los cinco pasos esos del duelo y la aceptación. Pero nada: ya había perdido por completo el control de la película.

Salí como un rayo de casa y llamé al timbre de la vecina, jadeante. Tuve que insistir un poco, pero al rato apareció y me miró desconcertada desde el porche:

-¿Le puedo ayudar en algo?
-Hola. Buenos días. Yo la verdad es que venía a preguntarle si tiene usted un poco de pan bimbo.

Se encogió de hombros, enfadada.

-¿Cómo? Pero si aún es de noche. ¿Se puede saber qué coj

No le di tiempo a terminar. Con un felino y furioso movimiento, me coloqué detrás de ella, saqué un cuchillo jamonero y se lo puse en el cuello.

-Escuche -le dije. Yo en realidad sólo quería un poco de pan bimbo. Desayuno un sanwis todas las mañanas. Sólo necesito una rebanada. Si es del culo, da igual. ¿Comprende? Una rebanada. Para el sanwis.

La pobre me miró con estupefacción y, al instante, cayó desmayada en mis brazos. Yo apenas podía pensar con claridad, pero decidí que la mejor idea era arrastrar su cuerpo por toda la calle y amordazarla en mi casa. Quizá, cuando se recompusiera, podría explicárselo mejor. Al fin y al cabo, yo estaba consumido por la ira y la desesperación. Más tarde, pensé. Más tarde se lo explicaré otra vez.

-Oiga, ¿se puede saber qué está haciendo con esa mujer?

Me giré: era un conciudadano random que salía en ese mismo instante a pasear al perro. Iba vestido con un forro polar y una gorra de los Chicago Bulls. A pesar del frío, llevaba pantalón corto, calcetines blancos y unas bambas.

Pensé: bueno, a éste lo mato directamente y ya está.

De modo que, con un certero golpe de mi cuchillo jamonero, le saqué las tripas al conciudadano random.

El perro me miró confuso, pero le di unos golpecitos en la cabeza y le dije: vamos, ahora eres libre, vuelve a la naturaleza.

Y la verdad es que se puso muy contento.

Tardé un buen rato en llegar a casa. Mis energías comenzaban a flaquear. Abrí la puerta como pude y metí dentro a la vecina y al otro tío. Pesaban demasiado, así que acabé lanzándolos sobre el aparador.

-Cariño, ¿qué es todo este lío?

Era mi mujer.

-Mi amor -le repliqué-, ¿tú sabes si queda algo de pan bimbo?
-No, te lo comiste todo anoche.
-¿Pero no quedaba algo en la despensa, al final, junto a los platitos esos de colores?
-La verdad: no lo sé.

Bostezó y se atusó un poco el pelo.

-Por otra parte -continuó- la cocina está ardiendo porque te has dejado la cafetera puesta. Hay helicópteros sobrevolando la casa y no sé quiénes son ni qué hacen en mi descansillo esas dos personas. ¿Podrías encargarte de todo esto mientras yo cambio a la niña?

Me sentí acorralado. Corrí hacia la cocina y, entre las llamas, atiné a refugiarme justo bajo al armarito de los platitos de colores. Fue entonces cuando me vine abajo.

La situación y toda su gravedad comenzaban a aplastarme como una losa. Los helicópteros tronaban sobre mí. Podía escuchar los ladridos de los perros y las sirenas de policía alrededor de la casa. La vecina parecía volver en sí pero, como tampoco me pareció que dispusiéramos de un contexto propicio para retomar la conversación, le di con una olla a presión en la cabeza.

Pero subí, subí escaleras arriba, hasta la azotea. Allí pude contemplar la escena al completo: era tremebunda. Los focos me deslumbraban desde el cielo. Las furgonetas de antidisturbios rodeaban toda la manzana y unos tipos con boina y ametrelladora extendían una cinta de plástico alrededor del perímetro de mi casa. Pude ver varios francotiradores apostados en los adosados colindantes y vislumbrar, a los pocos segundos, un puntero láser en mi frente.

Justo bajo la azotea, un tío con gafas de sol y corbata portaba un megáfono. Me miró con un extraño gesto, entre el cabreo y la conciliación.

-Escuche -dijo-, le tenemos rodeado. No haga nada de lo que pueda arrepentirse. Todo puede empeorar aún más, créame. Repito: le tenemos rodeado y no podrá escapar.
-¡Me importa un pito! -contesté.

El tío le dio unos golpes al megáfono, que emitíó una especie de zumbido electroestático.

-¿Qué es lo que quiere? -dijo.

Y allí, en lo alto, rodeado por la policía y el ejército, diseccionado por la mirada hostil de todo el vecindario que había salido en bata para ver qué sucedía (alguno también con el perro), tomé aire por un segundo y decidí jugarme el todo por el todo:

-¡QUIERO PAN BIMBO!

Se produjo un gran silencio.

-¡Yo tengo un poco en casa! -dijo alguien de pronto.
-¡Y yo! -gritó otro.
-¡A mí también me queda algo, aunque quizá le tenga que dar uno de los culos! ¿No le importa? Yo es que los odio, jamás me como un culo, pero bueno, ¡usted dirá!

Creo que entonces sonreí. También sentí un vago deseo de abrazar a todo el mundo. Quizá no esté todo perdido, pensé. Quizá aún pueda salvarme.

Quizá alguien pueda todavía salvarnos a todos.

Pero fue entonces cuando me dispararon. Me dispararon con todo lo que tenían. Lanzaron sobre mí sus helicópteros y sus perros. Me descuartizaron. Me hicieron trizas. Caí. Caí durante largo tiempo hasta que, finalmente, aterricé sobre el capó del Ford Focus plateado de la vecina. Muerto.

Es que la pobre solía aparcar un poco mal.

Y bueno, ahora os escribo desde el más allá.

Sí, ya sé: querréis que os cuente ahora cómo es todo esto, qué hay después de la muerte. Pero prefiero no puedo hacerlo: os llevaríais un disgusto tremendo.

Aunque tampoco es que me traten mal. Aquí hay bastantes distracciones, por otra parte. También un programa completo de formación continua. E incluso un bufé libre que flota en el éter y está siempre a disposición de todos los usuarios.

¿Sabéis la única pega?

Que, vale, aquí hay pan bimbo.

Pero nada más.

Absolutamente nada más.

Os propongo un ejercicio mental: encontrar en este cuento, pelín alejado en el tono respecto a los otros ejemplos, las características del realismo mágico que hemos descrito.

Y ahora, el texto:

Escribiendo un cuento mágico

La idea es escribir un relato que se acerque en su registro al realismo mágico. Para ello:

  • Vamos a partir de una situación cotidiana. Situaremos a nuestro personaje en un contexto más o menos común. Por ejemplo, la cola del supermercado. O en una entrevista de trabajo. O aparcando su coche en un parking. Es importante que esta situación, a pesar de ser de lo más corriente, esté impregnada de conflicto desde el principio. De esta manera, la cola del súper será demasiado larga. O el personaje, cinco minutos antes de entrar al despacho, se enterará de que la entrevista será en alemán. O habremos olvidado dónde aparcamos el coche y tocará recorrer el aparcamiento.
  • Para resolver esta situación, el personaje llevará a cabo una acción que escapará de la esfera de lo real. Por ejemplo: el personaje de la cola del supermercado, enfadado, comenzará a desear la muerte del resto de personas que forman la cola y entonces La Muerte, con guadaña y todo, aparecerá allí y le pedirá que le indique por quién empezar.
  • Esa acción mágica tendrá consecuencias lógicas y ordinarias. Por ejemplo: los personajes que pueblan la cola del súper comenzarán a argumentar, uno por uno, por qué están convencidos de que no deben ser ellos los que mueran primero. Las razones serán perfectamente comprensibles e irrefutables, disminuyendo progresivamente el abanico de opciones del protagonista.
  • Vaya, empecé un cuento sobre un supermercado y de pronto estoy hablando sobre la muerte. Ma-ra-vi-llo-so. ¡Así se hacen las cosas! Aprovechemos para decir algo importante. Demos testimonio de nuestras ideas sobre la vida, los otros y el mundo. Esto debería ser así siempre que escribamos.
  • Cuando el conflicto llegue a un punto de máxima tensión, remataremos en cuento con un final que de nuevo escapará de lo real. Por ejemplo: tras el peculiar debate suscitado en la cola, el personaje protagonista, abrumado por los argumentos de los demás, se siente extremadamente culpable y le pide a la Muerte que le lleve a él.
  • Y finalmente, haremos que esta acción mágica tenga consecuencias lógicas. La Muerte, tras acceder a la petición, conduce al personaje ante la vista toda la cola a sus dominios. Algunos personajes le darán sus condolencias. Otros aprovecharán para colarse. Cuando el protagonista llegue a las puertas del Reino de la Muerte, podemos hacer, por ejemplo, que se encuentre con otra cola.

 

 

No tenéis por qué seguir esta estructura, aunque me parece buena idea que lo hagáis. Lo principal es que os deis cuenta de los resortes del género.

 

Mucho ánimo. ¡Escribamos algo divertido, extraño y hermoso!