En esta unidad del Taller Literario Online de La Indolente vamos a detenernos en la persona narrativa y en los distintos efectos que podemos conseguir situando a nuestro narrador en primera, segunda o tercera persona. Vaya por delante que ésta es una decisión absolutamente trascendental a la hora de escribir un texto narrativo y que no todas las historias y planteamientos aceptan en el mismo grado el uso de una persona u otra.

En fin, vamos allá:

Los tipos de narrador

El narrador es un personaje que el escritor inventa y cuyo objeto es contar la historia. Según la persona verbal que utilicemos, hay varios tipos de narrador:

1. La primera persona

Aquí el narrador es también el protagonista de la narración. También puede ser un personaje secundario en la narración. Lo fundamental, en cualquier caso, es que el narrador en primera persona siempre está implicado en mayor o menor grado en la historia.

Veamos un ejemplo:

Ayer por la tarde, el autobús de las seis atropello a Miss Bobbit. No sé muy bien qué decir al respecto; a fin de cuentas, ella sólo tenía diez años y sin embargo los de este pueblo no la olvidaremos.

Truman Capote – Niños en sus cumpleaños

En este caso, Truman Capote utiliza la primera persona para situarse en el propio escenario de los acontecimientos, produciendo en el lector la sensación de que es un testigo directo de lo que se va a contar, aunque no sea el protagonista de los mismos.

Ahora vamos a ver un ejemplo en el que el narrador es el protagonista de la historia. Copio el cuento entero porque me encanta:

 

Raymond Carver – Visor

Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años. 
       —¿Cómo perdió las manos? —le pregunté cuando me dijo lo que quería. 
       —Esa es otra historia —respondió—. ¿Quiere la foto o no? 
       —Pase —le invité—. Acabo de hacer café. 
       Acababa de hacer también un poco de jalea, pero eso no se lo dije. 
       —Necesitaría ir al retrete —dijo el hombre sin manos. 
       Yo quería ver cómo sostenía la taza de café. 
       Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba sujeta con correas de cuero que le rodeaban los hombros y le abrazaban la espalda. Era así como mantenía la cámara pegada al pecho. Se ponía en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y ahí tenías tu fotografía. 
       Lo había estado observando desde la ventana, claro.
       —¿Dónde ha dicho que está el retrete? 
       —Por ahí, a la derecha. 
       Doblándose, encorvándose, se liberó de las correas. Puso la cámara sobre el sofá y se estiró la chaqueta. 
       —Puede ir mirándola mientras tanto. 
       Le cogí la fotografía. 
       Un pequeño rectángulo de césped, el camino de en¬trada, el cobertizo de los coches, la escalera principal, el ventanal en saledizo y la ventana de la cocina desde donde había estado mirando. 
       ¿Por qué habría de querer yo una fotografía de tal desastre? 
       Me acerqué un poco más a ella y vi mi cabeza, mi cabeza, allí dentro, tras la ventana de la cocina. 
       Me hizo pensar; el verme a mí mismo de ese modo. Lo digo en serio: es algo que le hace pensar a uno. 
       Oí la cisterna. Se acercó por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo; con un gancho se sostenía el cinturón, con el otro se metía la camisa en los pantalones. 
       —¿Qué le parece? —preguntó—. ¿Está bien? Personalmente opino que ha salido bien. ¿Sé lo que me hago o no? Admitámoslo: para estas cosas hace falta un profesional. 
       Se tiró de los genitales. 
       —Aquí está el café —dije. 
       Preguntó: 
       —Está solo, ¿no es eso? 
       Echó una ojeada a la sala. Meneó la cabeza. 
       —Es duro, es duro —se lamentó. 
       Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme. 
       —Tómese el café —le sugerí.
       Yo intentaba encontrar algo que decir. 
       —Había por aquí tres chiquillos que querían pintar mi dirección en el bordillo. Me pedían un dólar por hacerlo. ¿Usted no sabrá nada de eso? 
       Era una posibilidad remota. Pero lo observé, de todos modos. 
       Se inclinó hacia adelante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó encima de la mesa. 
       —Trabajo solo —declaró—. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir? 
       —Buscaba una relación. 
       Tenía dolor de cabeza. Ya sé que el café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda. Cogí la fotografía. 
       —Estaba en la cocina —comenté—. Normalmente estoy en la parte de atrás. 
       —Sucede todos los días —dijo—. Así que se han ido y lo han abandonado, ¿no es eso? Bien, créame: trabajo solo. Así que, ¿qué dice? ¿Quiere la foto? 
       —Me la quedaré —respondí. 
       Me puse en pie y recogí las tazas. 
       —Estaba seguro —dijo—. Tengo una habitación en la ciudad. No está mal. Cojo el autobús y salgo del centro, y cuando he terminado con los alrededores, me voy a otra ciudad. ¿Comprende lo que digo? Mire, yo también tuve chicos. Como usted. 
       Me quedé quieto con las tazas y miré cómo bregaba para levantarse del sofá. 
       Me explicó: 
       —Precisamente llevo esto por culpa de ellos. 
       Miré detenidamente los ganchos. 
       —Gracias por el café y por dejarme usar el retrete. Cuenta usted con mi comprensión. 
       Alzó y bajó los garfios. 
       —Demuéstrelo —le pedí—. Demuéstreme hasta qué punto me comprende. Saque más fotografías de mí y de mi casa. 
       —No resultará —dijo el hombre—. Ellos no van a volver.
       Pero le ayudé a ponerse el correaje. 
       —Puedo hacerle uno precio especial —ofreció—. Tres por un dólar —añadió—. Si se las dejo más baratas, no me compensa.
       Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde debía situarme, y nos pusimos manos a la obra. 
       Íbamos desplazándonos alrededor de la casa. Sistemáticamente. En unas yo miraba de soslayo, en otras de frente. 
       —Bien —aprobaba él—. Estupendo. —Y al cabo dimos la vuelta completa a la casa y nos encontramos de nuevo en la fachada—. Son veinte. Suficientes. 
       —No —sugerí—. Encima del tejado. 
       —Dios —murmuró. Examinó la calle a derecha e izquierda—. De acuerdo —aceptó—. Así se habla. 
       Comenté: 
       —Absolutamente todos. Se largaron de la noche a la mañana. 
       —¡Pues mire esto! —exclamó el hombre, y volvió a levantar los garfios.
       Entré en casa y saqué una silla. La coloqué bajo el cobertizo de los coches. Pero no fue suficiente: no llegaba. Cogí una caja de embalaje y la puse encima de la silla. 
       Se estaba bien allí arriba, en el tejado. 
       Me puse de pie y miré en torno. Hice señas con las manos, y el hombre sin manos me devolvió el saludo con los ganchos. 
       Y entonces fue cuando las vi, cuando vi las piedras. Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Ya se sabe cómo son los chicos. Cómo las lanzan con idea de colar alguna por el agujero de la chimenea. 
       —¿Preparado? —pregunté. Cogí una piedra y esperé a que el hombre me tuviera en el visor. 
       —¡Listo! —exclamó. 
       Eché el brazo para atrás y chillé: «¡Ahora!» Y lancé a aquella hija de perra tan lejos como pude. 
       —No sé —le oí gritar—. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento. 
       —¡Otra vez! —vociferé, y cogí otra piedra.

 

En este cuento, Raymond Carver utiliza la primera persona para situarse no ya dentro de la acción, sino como el protagonista de la misma, produciendo en el lector la sensación de que quien cuenta la historia es quien la ha vivido.

En general, la primera persona narrativa se caracteriza por la credibilidad, el grado de intimidad que se establece entre narrador y lector, la verosimilitud que se desprende del hecho de que el primero esté dando cuenta directa de sus vivencias al segundo.

2. La tercera persona

La tercera persona cuenta la historia desde fuera de la acción. Se trata de un narrador omnisciente, capaz de dar cuenta detallada de la intimidad de los personajes, de sus pensamientos y motivaciones, así como de las acciones que realizan.

Si la primera persona basa su credibilidad al situarse dentro de la acción como un testigo directo o incluso su protagonista, la tercera persona convence al lector por medio de la autoridad del narrador y su aparente objetividad.

Veamos un ejemplo de García Márquez:

 

El drama del desencantado

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

FIN

 

3. La segunda persona

Hemos dejado para el final la segunda persona porque va a dar pie a nuestro cuarto ejercicio. Y para ello lo primero que vamos a hacer es leer este cuento de Lorrie Moore:

 

Guía de divorcio para niños

Pon más sal en las palomitas porque tu madre dirá que la necesita, pues, en la parte en la que Inger Bergman está a punto de morirse y hay trucos de cámara para alargarle el torso, nunca puede evitar emocionarse.
Piensa: Jo, ya está otra vez con los kleenex.
Te dirá «Gracias, cariño» cuando llegues despacio, poco a poco, rodeando la esquina en bata y zapatillas, al cuarto de estar con el viejo bol (antes ensaladera) de la abuela lleno a rebosar. Las he hecho yo misma, recuérdale, y deja caer accidentalmente unas cuantas palomitas en el suelo. Manoplas las empujará de un lado a otro con las zarpas.
Mmmmm, qué gusto da reponer las sales, comentará, mientras mastica, con una sonrisa pastosa.
Dile que la enfermera del colegio explicó una vez, después de que pasaran una película sobre la pubertad, que la sal es mala para el corazón.
Bah, dirá ella. Lo hace latir, nada más. Pum, pum, pum. ¡Ay, mira!, hablará con la boca llena de palomitas. Cary Grant la va a sacar de allí. ¿Has desenchufado la palomitera?
Haz como que no la oyes. Mira a Inger Bergman con aspecto alargado; pregúntate qué significa.
Más vale que lo compruebes, te dirá.
Gime. Haz un ruidito como una ch con la lengua en el paladar. Corre todo lo que puedas porque el próximo anuncio va a ser el último. Desenchufa la palomitera. Tráete a Manoplas, que maúlla junto a la nevera. Te dejará pelos en el albornoz. Descárgalo sobre el regazo de tu madre.
Eh, niño, dirá arrullando al gato, y le rascará las orejas. Acurrúcate junto a tu madre, que extenderá la mano, te rascará también una oreja y te besará la mejilla. Entonces se inclinará de pronto hacia delante y extenderá la mano hacia el cuenco de la mesa de centro, con cuidado para no alterar al gato. Siempre creo que se dará cuenta antes, dirá tu madre entre bocado y bocado, con una mano que no para de ir y venir de la otra mano a la boca. Qué cerrados y frustrantes pueden ser los hombres. Te guiñará un ojo.
Mira la pantalla con desconfianza. Todos los malos dejarán que Cary Grant se lleve a Inger Bergman en el coche negro. Habrá mucha música anticuada. Ponte de pie y extiende el albornoz hacia los lados. Saca la lengua y finge danzar como una retrasada mental en un baile. Pon los ojos en blanco. Baila el vals por el cuarto de estar con movimientos exagerados, de un lado a otro, date con los muebles. Tu madre hará como que no te presta atención. Dirá por fin con voz inexpresiva: Qué bonito, vaya, la verdad es que me haces flotar.
Cuando termina la música, te preguntará qué quieres ver. Te pasará la Guía de televisión. Mírala. Di: La película de «Terror de madrugada». Te mirará levantando una ceja, pero di «por favor, por favor» con voz suave y junta las manos como si rezaras. Te devolverá una sonrisa y suspirará, vale.
Cambia de canal y vuelve al sofá. Métete debajo de la manta afgana azul con tu madre. Dile que lo que más te gusta son los dibujos animados del principio, cuando sale la momia del ataúd y ruge: ¡¡TERROR!! Súbete a un brazo del sofá y haz una imitación, con las manos como garras, los codos rígidos, la cabeza caída a un lado. Tu madre te dirá que te vuelvas a sentar. Vuelve a refugiarte bajo la manta a su lado.
Cuando te pregunte cuál te gusta más, la momia o el hombre lobo, dile que el hombre lobo mete miedo porque sale de noche y hace cosas que nadie sospecha porque de día trabaja en un banco y no tiene pelo.
¿Y la momia?, te preguntará mientras acaricia a Manoplas.
Encógete de hombros. Muérdete los labios. Di: La momia no es más que la momia.
Quítate con la punta de la lengua un trozo de palomita masticada que se te ha quedado en una muela. Intenta tragártela, pero atragántate y ponte a jadear y a hacer unos ruidos horribles, como si fueras a vomitar. El gato huirá, asustado.
Dios mío, ten cuidado, dirá tu madre dándote unas palmadas en la espalda. Toma, bebe agua.
Intenta gruñir cerveza, cerveza, como un vaquero moribundo que viste una vez en un anuncio, pero de todas formas bebe el agua. Cuando ya no estés atragantada, cuando tengas la cara menos roja y puedas respirar de nuevo, pide una Coca-Cola. Tu madre dirá: Creo que no, el doctor Atwood dijo que tenías los dientes fatal.
Dile que el doctor Atwood es un médico de poca monta.
¿Qué quieres decir con eso?, exclamará ella.
Mira al frente.
Responde: No lo sé.
La momia derribará postes de teléfono, los levantará y los arrojará como si fueran troncos de juguete de un juego de construcciones.
Vaya, tan vestidita y sin plan, dirá tu madre.
Acurrúcate junto a ella y suelta un largo «qué ingenioso» de admiración, en voz baja.
La policía busca a un monstruo en el cementerio. No sabrán si es la momia o el hombre lobo, pero por allí habrá andado alguien dejando montoncitos humeantes de huesos y carne que asustan y hacen lloriquear hasta a los perros policía.
Di algo así como qué asco y cierra los ojos.
¿Estás segura de que quieres ver esto?
Insiste en que no te da miedo.
Hay un concierto de rock en el Canal 7, ¿sabes?
Piénsalo. Decide probar el Canal 7, sólo por tu madre. Saldrá un tipo con el pelo grasiento que se parece al tío Jack y dirá algo aburrido.
Tu madre estará de acuerdo en que se parece al tío Jack. Un poco.
Un grupo con sombra de ojos negra se pondrá a tocar la guitarra. Ponte de pie y da botes como viste hacer una vez a Julie Steinman.
Dios, ¿por qué siempre tocarán las guitarras a la altura de la ingle?, preguntará tu madre.
No respondas, limítate a imitarlos; échate el pelo hacia atrás y tócate de una manera rara la ingle, por encima del pantalón del pijama. Tu madre te dará un cachete y te dirá que eres una grosera.
Hazte la ofendida. Finge una depresión. Coge una revista y haz como si leyeras.
El gato volverá a reunirse con vosotras. Mira las fotos de comida.
Tu madre intentará animarte. Dirá: ¡Mira! ¡Pat Benatar! Vamos a bailar.
Dile que Pat Benatar te parece estúpido y cutre. Pásate cinco minutos enteros sin decir nada.
Cuando sale B-52, dile que ésos sí que te parece que están bien.
Saca una sonrisa tímida. Entonces os levantaréis las dos y bailaréis como locas alrededor de la mesa de centro, hasta que empecéis a sudar, mientras coreáis los u-a-us, saltáis como si estuvieseis encima de un saltador, os movéis como robots del espacio. Menea las manos como tu madre alrededor de la cabeza. Durante un anuncio, pide un refresco de naranja.
Agua o leche, dirá ella, casi sin aliento, y volverá a sentarse.
Di mierda, y cuando te pregunte qué has dicho, suspira: Nada.
Después sale Rod Stewart cantando en un tejado, en alguna parte. Tu madre dirá: Es bastante mono.
Dile que Julie Steinman lo vio una vez en una tienda y que parecía muy viejo.
Hmmmm, dirá tu madre.
Estudia cuidadosamente a Rod Stewart. Pregúntate si serías capaz de mover las piernas de esa manera. Piensa en hacer una imitación para que la vea Julie Steinman.
Cuando se acaben las palomitas, bosteza. Di: Me voy ya a la cama.
Tu madre parecerá desilusionada, pero dirá: Muy bien, cielo. Apagará el televisor. Por cierto, te preguntará, titubeante como siempre: ¿Qué tal te ha ido en estos tres días?
No menciones lo de la mujer ni lo de la cerveza. Dile que te ha ido bien, que tiene una diana de dardos plateada y nueva, que salisteis a cenar y que un tipo llamado Hudson contó una anécdota bastante divertida sobre uno que se meó en la cesta de la comida. Pídele un Seven-up.

 

Como podemos observar en este maravilloso relato, la segunda persona tiene la facultad de interpelar directamente al lector. Se trata de un recurso muy poderoso cuando se utiliza bien. En este texto, la autora parodia a los libros de autoayuda redactando una especie de manual de instrucciones para niños que están viviendo un divorcio. Obviamente es sólo un artificio para darle un aire distinto a la narración.

Otro rasgo de la segunda persona es que, en algunas ocasiones, parece que en realidad el narrador está hablando consigo mismo.

 

Manual de instrucciones

 

En fin, vamos allá con nuestro ejercicio. Lo que vamos a hacer es un manual de instrucciones similar al de Lorrie Moore, basándonos en una situación vivida o que conozcamos bien y que, en sí misma, suponga una fuente de conflicto. Hay una variedad infinita de temas: guía para despedirse para siempre de un amigo, para superar una enfermedad, para escribir algo hermoso, para reconciliarse con el novio, para aceptar la muerte de un ser querido. Por decir algo.

Cortázar también tiene cuentos parecidos, pero si mal no recuerdo son en tercera persona. Os dejo uno.

También he encontrado otro de un escritor de estos de mierda de Internet que se puede leer aquí.

 

Consejos
  1. No escribáis un cuento demasiado largo. Incluid pocos elementos. Recordad: cada palabra cuenta, cada personaje cuenta, cada escena cuenta. Nada debe estar ahí por el mero hecho de estar.
  2. Presentad el conflicto en la primera línea. Si os fijáis, en todos los ejemplos que os he puesto es así. En el de Lorrie Moore no, porque ya lo hace en el título.
  3. Ponedle un título. A partir de ahora, vamos a titular todos nuestros textos. El título tampoco debe ser un mero apéndice introductorio del texto. Un buen título también cuenta cosas y predispone al lector en un sentido u otro. Probad con distintos títulos. Observad el efecto que producen en el relato.
  4. Y recordad: es importante que la situación que recreéis sea bien conocida por vosotros. Imaginad que verdaderamente estáis proporcionando un manual de instrucciones destinado a gente que desconoce esa situación. No os inventéis películas. Dad fe de vuestro paso por el mundo.

 

Plazo de entrega

A partir de ahora, ya no va a haber plazos de entrega. El domingo os escribiré para presentaros el segundo mes de Taller, que viene con algunas novedades. Entre ellas, que presentaré los cuatro ejercicios al comienzo de cada mes y cada uno podrá hacerlos a su propio ritmo. Tomaos el tiempo que os dé la gana y divertíos.